Recorrer la serpiente: el desfile de la Fiesta del Fuego

Escrito por Teresa Melo (Poetisa y Coordinadora del Encuentro de Poetas del Caribe y el Mundo “Jesús Cos Cause”)

¡El desfile! Así se escucha desde temprano los 5 de julio… Único, diferente e inabarcable cada vez. Tengo cientos de imágenes, pero me apego a estas, hechas por mí. Esta crónica fue publicada en el número 41 de la revista Arte por Excelencias, en 2018. Cada partícula de la emoción vivida sigue intacta… Abrazos de fuego!!!

Por años creí que la mejor manera de disfrutar esa fiesta innombrable de culturas que se reúnen cada inicio de julio en Santiago de Cuba, y especialmente su desfile inaugural, era sentada en los portales del Ayuntamiento en el parque Céspedes, donde es cierto que se realizan las ceremonias y las evoluciones de todos los grupos y delegaciones. Esta vez me arriesgué a perderme esa parte para saber qué se sentía adentrándome en sus entrañas: larga fila colorida y bullente en la cual de todos modos se ve la música, y se vive, sea de tambores, guitarras, cornetas o múltiples instrumentos más, algunos poco conocidos; armonías de los propios cuerpos desbordados bajo el sol implacable.
Han sido incontables las veces en que me he extasiado ante el misterio, por ejemplo, de Los Ripiaos de Palma Soriano, grupo que tradicionalmente inicia el desfile. Vestiduras rotas a propósito, o elegidas así, con otros elementos igual de precarios, y marchas que se tocan en latas viejas y maltratadas, encantan al público que los sigue donde se presenten; encantamiento que también descubro ocurre con la Steel Band de El Cobre, que, además, este año presentó su nueva y brillante banda con niños.

Caminé cuesta arriba, en sentido contrario al desfile, enriquecida con esa diversidad que es su mejor apuesta: hombres y mujeres de las motos clásicas llevando las banderas de nuestra región; asalto al corazón del mar de banderas de Puerto Rico, país invitado que gracias al entusiasmo de los grupos de solidaridad concurrió en altísima cifra de participantes las escritoras que llegaron para participar en el Encuentro de Poetas que tengo la fortuna de coordinar me abrazaban desde lejos, en medio de la marea; mezcla de los Cabildos Carabalí con rientes guyaneses y danzas tradicionales de Chillán, de Chile, en la que cada uno baila y gira con el canto que el otro ofrece; manera de mostrar lo auténtico, preservarlo, expandirlo. Los jóvenes artistas de la Asociación Hermanos Saíz se acompañaron de las estatuas vivientes, observados por los muros antiguos del museo Bacardí: no existe en toda la calle Aguilera un espacio vacío en las aceras, balcones y escaleras.

Madelaine, el santero, ha bajado de su poblado de El Cobre, donde cada día acompaña al Cimarrón creado por Alberto Lescay; los palos y las flores del monte también lo acompañan. El jinete argentino que todos los años hace ondear su bandera junto a sus coterráneos, observa alrededor como viejo conocedor de la fiesta. Me sonríen bellamente cuando paso. Hay un atisbo enfebrecido de muchos: actores y actrices del Estudio Teatral Macubá de Fátima Patterson gritándome que esta vez son extraterrestres sus disfraces; una conga con niños; Peti Dancé de Las Tunas; Bonito Patuá; un grupo grande de personas con minusvalía, algunos en sillas de ruedas, con corazones, y sonrientes; mexicanos y colombianos con trajes tradicionales; grupos de Ciego de Ávila, y más y más y más, siempre más.

Porque allá, al fondo, donde se avisora la Sala de Conciertos Dolores, otrora iglesia, hay una enorme multitud a la espera: su desfile es diferente, pues son los incondicionales de la conga que cada año cierra este recorrido mágico. Esta vez lo hará Paso Franco, en razón de su aniversario. A pesar de que transcurrirán todavía más de dos horas para su llegada hasta el Ayuntamiento, ya suena una corneta china irresistible y la gente arrolla en el lugar: el sonido penetra en la sangre, parte del ADN del santiaguero. Uno de sus caperos, muy conocido, me dice que se inspiró en los Cuentos negros de Niurki para adornar la que lleva. No veré desde donde estoy cómo todos los que ocupaban cada centímetro de calle se van tras la conga: marea arrasadora que también arrastrará a los que han visto el desfile desde sus asientos en el Parque Céspedes, pero me siento llena de una plenitud que tiene que ver con la resistencia de culturas que han sobrevivido gracias a gente como la que está aquí, y me ha reconocido, o no, pero me ha abrazado como una de los suyos. La mente demorará días en asimilar todas las experiencias y emociones; el cuerpo pedirá descanso del intenso trabajo, pero no por mucho. La serpiente está viva y se prepara ya para la próxima vez