Desfile-Bandera-cubana

Palabras inaugurales del XXVI Festival del Caribe (2006)

Escrito por Joel James Figarola

No se encuentran entre nosotros, ni se podrán lamentablemente encontrar en lo venidero, el compañero Lázaro Cabezas, nuestro embajador en los países del CARICOM, principal inspirador de esta edición del Festival, ni se encuentra tampoco la compañera Milagros Martínez Ruiz, reina del Gagá de Barrancas, grupo insignia de la Casa y del Festival del Caribe. Sea pues este reconocimiento, la constancia de su presencia entre nosotros.

Cuando José Martí en su viaje definitivo con Máximo Gómez escribió en sus páginas del Diario en torno a “David el de las Islas Turcas”, dejó un testimonio lleno de gracia sobre alguien del cual no conocemos más, salvo de su solidaridad con la independencia cubana que, a pesar del desconocimiento y el tiempo, todavía agradecemos. Nadie sabe quién fue el David, como no son conocidos los nombres de la tripulación de la goleta Honor que por nuestras playas al norte de Baracoa trajo al lugarteniente general Antonio Maceo y veintitantos expedicionarios más, desde Bahamas; embarcación que fue destruida por las olas, porque aquello más que un desembarco fue un naufragio. Uno de sus tres tripulantes le hubo de manifestar al general Antonio Maceo: “Si ustedes nos hubieran dicho que iban para Cuba ya estarían allí hace rato”. Lamentablemente un tiro escapado cuando Patricio Corona limpiaba el arma, segó la vida del capitán de la nave. Los demás caerían prisioneros de las tropas españolas y uno de ellos, enloquecido, sería motivo de mofa en la cárcel de Santiago de Cuba por parte de los presos de una u otra condición que en ella se encontraban. Sean pues estas palabras iniciales como tributo a esos héroes de la independencia de Cuba que ningún testimonio histórico ha logrado reconocer fehacientemente.

De igual manera en su Diario de campaña, cuando al sur de Playitas bajan en un bote del barco noruego que los conducía, Martí apunta: “Capitán conmovido” y Gómez a su vez en el suyo apunta: “Capitán interesado”. ¿Conmovido o interesado? Ya es algo que nosotros no podemos saber. Es algo lleno de misterio como la vida y la propia historia. Por suerte.

Retomo la referencia al desembarco de Antonio Maceo y los otros expedicionarios por Duaba. Las tropas españolas acantonadas en Baracoa inmediatamente hicieron contacto de combate con ellos. Ellos, atrincherados en la casa de una campesina cubana, rechazaron el empuje de la guarnición española.

Una vez finalizado el combate, la campesina manifestó su admiración por la forma en que habían contestado a la agresión española. Antonio Maceo le contestó: “Señora no nos queda más remedio, todos somos generales”.

Magnífico ejemplo de lo que ha constituido y debe constituir siempre la vinculación entre la vanguardia revolucionaria y el pueblo por ella dirigido.

El proceso de fundación nacional cubano es un ejemplo de la vigencia de la categoría histórica de integración.

Puedo afirmar, y afirmo, que no hay país cubano en términos de conciencia y de psicología colectiva, hasta la culminación de la campaña invasora de Gómez y Maceo.

No desdeño en absoluto lo que significó, en su justa importancia para todo este proceso, la labor del Partido Autonomista; respeto la valía de Montoro, de Gener y sobre todo de Giberga en este sentido, aun cuando entre algunos de ellos y yo existan distancias insalvables. Respeto la tremenda labor del Directorio de la Raza de Color presidido por Juan Gualberto Gómez, aun cuando, a la distancia en que me encuentro, pueda situarme, como me sitúo, con reconocimientos de diferencias y errores.

Llegados a este punto no puedo dejar de señalar, salvo que renunciara a mi pretensión de historiador, que el levantamiento armado de 1912 fue un acto contra la nación. No culpo de ello ni a los dirigentes Ivonnet y Estenoz del Partido Independiente de Color ni al presidente José Miguel Gómez. Todos ellos resultaron insertos en lo que era, no dudó en afirmar, un carácter trágico de nuestra República en razón de su dependencia impuesta por Estados Unidos.

Si algo nos enseña la historia de Cuba, y aún aventuro a decir la historia de todo el continente, es que mientras más sean los vínculos de unión con los Estados Unidos peores son los destinos de nuestras patrias respectivas.

Por estos rumbos andaba Simón Bolívar cuando afirmó que los países latinoamericanos son más libres en la medida en que se alejan de los Estados Unidos. Y ciertamente en este camino se encontraba José Martí cuando afirmó que había llegado para América Latina la hora de su definitiva independencia.

Hablo de América Latina y me permito, con la perspectiva ecuménica que me otorga la Revolución Cubana, hablar de América Latina y de todo el Caribe. Tenemos que borrar de una vez y por siempre aquello que Rubén Martínez Villena denominó “la costra tenaz del coloniaje”. Tenemos que olvidar, y aún abjurar, de las mediocres manifestaciones de orgullo por haber pertenecido a una metrópoli o a otra. Como bien dijo Nicolás Guillén en algún momento “soy hijo de esclavos, que se avergüence el amo”.

Pretender ser de una calidad superior por un tipo de colonización o de otra, es un acto de colonización. Tenemos que huir de aquella circunstancia que Martí describió en términos de: “Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”. La única manera de luchar contra la colonización es combatir por las expresiones de nuestra cultura popular tradicional porque tengan voz, entre todos nosotros, aquellos quienes nunca son escuchados; de los hombres y mujeres anónimos que en definitiva hacen la historia.

Ningún país es tal mientras no se reconozca en su integridad histórica, social y física. Si Cuba como país fue reconocido en su integridad geográfica por los conquistadores españoles, este reconocimiento de ninguna manera pudo alcanzar el rango de reconocimiento en el orden social por razones cuyas consideraciones se escaparían del ámbito de este espacio.

 La totalidad nacional cubana, en todos los aspectos, se alcanzará solo en virtud de nuestras guerras independentistas. Y permitan insistir en ello.

El levantamiento de Céspedes el 10 de Octubre del 68 no fue solo un acto por los derechos humanos de la época, sino fue, sobre todo, un acto de fundación del país cubano y de inauguración del concepto de integración que nos abarca a todos los que habitamos este espacio del planeta y que se consagra de manera definitiva con el triunfo revolucionario del Primero de Enero de 1959.

Así pues, si algo nos puede definir en la búsqueda común de una cada vez más cabal integración no sería otra cosa en términos culturales que la expresión de la más entrañable solidaridad humana.

Si alguna razón de ser posee la historia es precisamente la búsqueda de la coincidencia, lo cual equivale a decir la búsqueda de la mejor comunicación, de la identificación y la tolerancia de los que habitamos este mundo, todo lo cual constituye premisas para que el mismo no sea destruido por las tendencias del oscurantismo y la barbarie que, lamentablemente no solo subyacen, sino se manifiestan en determinados centros hegemónicos del mundo actual.

Soy de los que piensan que en el mundo existe una fuerza espiritual; no sé cómo se puede denominar; no sé si es una voluntad o una inteligencia. No sé si es posible establecer una comunicación con ella, aunque lo he intentado de manera permanente. Pero si de algo estoy convencido es de que todo lo existente carecería de sentido si no hay referencia a esta entidad superior. Esa fuerza fue la que movió a Céspedes, a Maceo, a José Martí, a Frank País, a José Antonio Echeverría.

Por lo pronto, y en la concreta circunstancia en que nos encontramos, ratifico lo que he dicho en más de una ocasión: todos los imperios desaparecen desde Alejandro Magno hasta nuestros días. No veo ninguna razón para que los Estados Unidos no sucumban a este inevitable destino. A ese pronóstico sujeto mi conducta y los invito a todos ustedes a pensar sobre ello.

Los supuestos teóricos del imperialismo proclaman que hemos llegado al fin de la historia. Sin embargo, la historia nos dice que todos los imperios tienen fin.

Cuando en todo ascenso se llega al punto más alto obligatoriamente hay que comenzar a descender. Según el filósofo de la dialéctica en la antigüedad griega, Heráclito, el mismo camino que sirve para subir es el que sirve para bajar.

La hegemonía unipolar es el punto más alto en el proceso de la explotación imperial; ¿qué puede pasar ahora? Desde la cima de la conciencia nuestra a que hemos llegado podemos estar persuadidos de que pueden ser avizoradas y hasta anunciadas ya las hondas cavidades dentro de las cuales se sumirán las afirmaciones de que no se puede pensar en utopías.

 Si el hombre deja de imaginar utopías, su componente de animalidad habrá vencido a la porción de divinidad de su naturaleza. Esto no sucederá. Lo que hoy parece imposible será posible más temprano que tarde. Aquí radica, según creo ver, la gran lección de la Revolución Cubana: hacer posible lo imposible.

He mencionado estos acontecimientos como forma de aproximación al Caribe anglófono en la formación de la nación cubana. Pudiera mencionar otros muchos. La expedición del Virginius en 1873 que constituyó un holocausto en la plaza de Santiago de Cuba; los agentes secretos de Céspedes en Jamaica; la navegación de cabotaje de ayuda a insurrectos con pólvora y asistencia a heridos desde la manigua a las costas hermanas; la filial del Partido Revolucionario en Jamaica que Martí reconoció de la más alta importancia en las tareas preparatorias de la Guerra de Independencia; la vida y la muerte de Mariana Grajales, nuestra heroína por excelencia de todos los tiempos, cuyos restos durante largas épocas estuvieron precisamente en tierra jamaicana.

Todos son suficientes argumentos para sustanciar el concepto de integración que preside esta convocatoria XXVI ininterrumpida del Festival del Caribe.

Por encima de las contingencias históricas y de las circunstancias idiomáticas, el Caribe es una reformulación del mundo y, como bien ha dicho el doctor Armando Hart, es “una síntesis de la humanidad”.

Así pues, les doy a todos ustedes un abrazo de bienvenida, en presencia siempre activa del anuncio de José Martí: “Las Antillas ayudarán al equilibrio del mundo”.

Hay razones aún más cercanas que vinculan al pueblo cubano con los pueblos del CARICOM. En octubre de este año se cumplirá el 30 aniversario del acto terrorista que derribó al avión de Cubana en Barbados en el que perecieron 73 personas entre las cuales se encontraban ciudadanos de diversos países cuyos representantes hoy concurren a este evento. El culto a la patria común es, sobre todo, la memoria permanente de los que han muerto por ella.

Así pues, permítanme finalizar con los versos de Nicolás Guillén referidos al Che Guevara:

No porque hayas caído
tu luz es menos alta
Che Comandante, amigo.

Esa luz ilumina y continuará iluminando a todos lo que luchan por la dignidad plena del hombre.

Declaro oficialmente inaugurado el XXVI Festival del Caribe.