Fiesta del fuego. Una experiencia integradora

Escrito por Manuel Ruiz Vila, Santiago de Cuba, 10 de septiembre de 2010

En los momentos que los pueblos del Caribe y América Latina se pronuncian sobre la necesidad de integrarse en un bloque común que defienda nuestras identidades y permita oxigenar nuestras economías, asfixiadas por los monopolios y alianzas de los denominados países del Primer Mundo, la Cultura Popular Tradicional, como expresión genuina de las grandes masas explotadas del continente y portadora de las raíces más autenticas que sustentan nuestras idiosincrasias y nacionalidades es sin lugar a dudas parte importante de los componentes integradores de nuestros pueblos.

El Festival del Caribe “Fiesta del Fuego” en el preludio ya de su XXX edición es una experiencia significativa del papel integrador de estas culturas, que sin proponérselo en sus orígenes alcanza este sentido en su evolución y desarrollo. Para una mejor comprensión de este fenómeno es necesario referirnos a su génesis y desarrollo.

 La trascendencia alcanzada por el Festival, como hecho sociocultural, nos ha permitido encontrarnos plenamente en el interior de nuestra nación, al mismo tiempo que nos relacionamos con otras formas de expresiones culturales identificadoras del resto de los países del área, en otras palabras, ha contribuido a la consolidación de nuestra cultura nacional y propiciado el acercamiento en las esferas mencionadas con otros pueblos del Caribe y aún fuera de éste, intercambio que se produce con las expresiones más representativas del arte popular de estos países y lleva a la comparación de sus diferencias y similitudes con aquellos que dibujan nuestra identidad nacional.

La creación de un espacio donde se dignifican y realizan los exponentes más autóctonos de nuestra cultura nacional, genera a su vez un proceso activo de enriquecimiento de estas manifestaciones, mediante el intercambio entre ellas, así como con otros de carácter internacional; es por sí mismo un acontecimiento trascendente para el país, el Caribe y otros países de Latinoamérica y el resto del mundo.

El actual Festival del Caribe “Fiesta del Fuego”, atravesó por los siguientes patronímicos, como consecuencia de su propia evolución: Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño, Festival de la Cultura de Origen Caribeño, Festival de la Cultura Caribeña, Festival del Caribe “Fiesta del Fuego”; nació en abril de 1981 con el nombre de Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño, como exponente de una tímida pretensión, en sus inicios, sobre el alcance que su contenido pudiera abarcar y emerge como una manera de ver y entender la cultura popular tradicional en su inserción dentro del complejo mayor que es la cultura nacional.

En la conciencia de una pertenencia orgánica al Caribe y un reconocimiento de las posibilidades culturales de Santiago de Cuba, pretendía:

  1. Mostrar una zona de la cultura popular tradicional vinculada al complejo de la cultura caribeña.
  2. Siguiendo el patrón del Carnaval, propiciar una expresión del hecho artístico doblemente enriquecedora, tanto para el artista como para el espectador, en la cual la barrera entre ambos se desdibujara hasta donde fuera posible.
  3. Hacer coincidir e intercambiar provechosamente agrupaciones y creadores artísticos muy diversos, de índole y proyecciones bien distintas, que de otro modo difícilmente se habrían encontrado.
  4. Unir en tiempo y espacio la expresión de manifestaciones artísticas pertenecientes a la cultura popular tradicional y la actividad investigativa en torno a ella.
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Para facilitar el entendimiento de su génesis y el por qué de su origen caribeño, es necesario que hagamos una breve referencia histórica:

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, como consecuencia de la huida de los hacendados franceses residentes en Haití ante los embates de la Revolución Haitiana, se produce una oleada migratoria de estos, con parte de sus dotaciones de esclavos, hacia el Oriente Cubano, estos esclavos y sus descendientes traen sus costumbres y culturas sincretizadas y transculturadas de sus raíces africanas con la cultura francesa del colonizador y crearon en varias zonas de la parte oriental del país, muy en especial en Santiago de Cuba, las sociedades de Tumbas Francesas, donde desarrollarán sus dotes artísticas a través de la música y la danza, estos ritmos y bailes influirán de manera especial en nuestra riqueza y diversidad músico – danzaria.

Otro fenómeno migratorio de gran trascendencia en las primeras décadas del siglo xx también incorporará nuevos elementos a nuestra cultura popular tradicional: se trata de los braseros antillanos (haitianos y jamaicanos) que vienen a la región Oriental de Cuba por necesidad del desarrollo azucarero que se genera para esta parte de la Isla, en esos años. Este movimiento migratorio que seguirá produciéndose hasta el Triunfo de la Revolución Cubana en 1959, se asentó fundamentalmente en las provincias de Guantánamo, Santiago de Cuba, Holguín, Las Tunas, Camagüey y Ciego de Ávila, como portador de una cultura criollizada, tiene en términos religiosos, un mayor acercamiento a sus raíces africanas que las de las migraciones del xviii.

Estos conglomerados humanos, portadores de estas culturas alcanzarán un peso importante en las áreas rurales donde se asientan, y ellos con las manifestaciones de Tumbas Francesas y las expresiones músico – danzarias de procedencia jamaicana, son objeto de estudio e investigación de la Casa del Caribe y será por tanto el elemento artístico fundamental a mostrar en estos primeros festivales.

La realización exitosa del primer Festival, con la participación incluso de otras manifestaciones artísticas (la música, la plástica, la literatura) contribuye a vencer la timidez inicial en el nombre del evento y pasará a llamarse, para la segunda edición, Festival de la Cultura de origen Caribeño, nombre con el que permanece hasta el tercer Festival en 1983. Este año en términos artísticos, sucederá el hecho participativo que propiciará darle el sello del Caribe al evento, al contar con la presencia de otro país en los Cimarrones de Surinam, grupo portador de manifestaciones autóctonas de los descendientes de esos esclavos en rebeldía, que han preservado y mantenido la cultura que le legaron sus ancestros.

Es importante señalar que desde el primer Festival hubo una activa participación de intelectuales del área, pero no será hasta el momento en que la presencia de grupos y entidades artísticas de otros países se consolida, que el evento alcance un carácter internacional en toda su plenitud, con la dedicatoria de su séptima edición en el año 1987 al pueblo de Guyana.

En este lapso de tiempo que va desde Surinam (1983) a Guyana (1987) se irá operando la metamorfosis que lo convierte en un Festival Internacional. Así tenemos que en 1984 se dedicará a la memoria de Maurice Bishop y a su país Granada; en 1985 al pueblo haitiano; en 1986 a Cuba y en particular al XXXIII Aniversario del Asalto al Moncada.

Sucederán a Guyana en 1988 el dedicado a Brasil, en 1989 el dedicado a Puerto Rico, donde a pesar del bloqueo y de las restricciones establecidas por el gobierno norteamericano, participará una delegación de 120 puertorriqueños entre artistas e intelectuales. Es decir, que estos años desde 1983 hasta 1990 que se dedicó a Cuba será el ciclo de adolescencia del Festival del Caribe, donde alcanza su adultez de carácter internacional.

1991 se dedica a la hermana República Dominicana, donde la participación de artistas e intelectuales de ese país será altamente significativa, alrededor de 500 personas. Es este el momento decisivo, en términos de su continuidad o desaparición. Ha caído el campo socialista, nuestros suministros externos han decrecido en un 85 %, nuestras finanzas se reducen considerablemente por la caída de los abastecimientos para nuestras producciones nacionales, el país no puede financiar el Festival.

En estas circunstancias la única solución de continuidad es que el evento se autofinancie, es decir, que los participantes cubran la totalidad de sus gastos y la respuesta fue de más de 600 participantes internacionales, de ellos, cerca de 500 del país al que se dedicaba.

Es en este momento que el Festival adquiere totalmente su carácter de adulto y pasará a nombrarse Festival del Caribe “Fiesta del Fuego”; había dejado de ser de la cultura caribeña para ser del Caribe y del Fuego.

El Festival ya no nos pertenecía, era del Caribe y tenía como símbolo “el fuego”, ese fuego del sol que nos alumbra en el Caribe, de la tea incendiaria de nuestras rebeliones esclavas, de nuestras guerras de independencia, y del amor solidario que nos une e identifica en nuestras similitudes y diferencias, se ha convertido en un evento integrador, solventado por los propios participantes.

Desde este año hasta la fecha se sucederán 18 festivales más, y cada año se va consolidando este carácter internacional rebasando los límites del Caribe geográfico, situándose en el espacio de un Caribe cultural como corresponde al eclecticismo de nuestra cultura antillana, que por demás también es diseminada en la esfera internacional por la constante fluidez de nuestro movimiento migratorio.

Esto se reflejará en nuestras dedicaciones que contarán en algunos casos con apoyo total, parcial e incluso ningún apoyo de los gobiernos nacionales, lo que determinará las especificidades de la dedicatoria en cada caso.

Lamentablemente el recién concluido Festival sufrió las consecuencias del nefasto golpe de estado al Gobierno Constitucional de Honduras, que impidió la participación de 260 artistas e intelectuales de ese país, pero como expresión solidaria que muestra la fuerza integradora del evento, participaron 463 personas de 17 países, convirtiéndose en una trinchera de protesta y repudio al golpe y de solidaridad con el hermano pueblo hondureño.

Si integrarse es incluirse, formar parte del Festival del Caribe es un elemento integrador de las expresiones populares más auténticas de nuestros pueblos caribeños, y haciéndonos trasmisores de la conceptualización de Fiesta que el profesor Bernardo García Domínguez da en su conferencia sobre Festival e Identidad publicada en la Revista del Caribe No 16-17, afirmamos que nuestra “Fiesta del Fuego” es un vivo exponente de esa concepción:

La fiesta es la más seria de las actividades humanas, donde la comunidad plasma sus valores y se identifica con ella, comunicándose con su propia sustancia. Se transmiten formas culturales y sociales integradas y se fijan las tradiciones en su dimensión más íntimas y auténticas.